Capítulo dos
La piscina
Jueves, 06:00
Lo primero que hay que saber sobre entrenar natación a las seis de la mañana es que, del agua, siempre dicen que está caliente los que no están dentro.
—Veinticuatro grados —dijo el Vilalta, el entrenador de natación, desde el borde de la piscina, con forro polar, gorro de lana y un abrigo encima del forro polar, sosteniendo una taza de algo que humeaba—. Prácticamente una bañera. Adentro.
La piscina de Castellbosc mide veinticinco metros, tiene seis calles y está en un edificio que, según la placa de la entrada, fue un picadero, lo que explica el techo tan alto y el olor. El olor ya no es a caballo. Es lo que todo el mundo llama el olor a cloro, y aquí va lo primero que Ada me contó sobre la natación que yo no sabía: no es cloro. El agua limpia y bien clorada casi no huele a nada. Ese olor penetrante a piscina viene de las cloraminas, que es lo que sale cuando el cloro reacciona con las cosas que la gente trae al agua consigo: sudor, piel y, como dijo Ada, «lo otro, que no pienso nombrar antes de desayunar». Una piscina que huele mucho a cloro es una piscina con muchas cloraminas, lo que significa que es una piscina con mucho de lo otro.
Eso ya no he podido desaprenderlo nunca. Lo siento, porque ahora tú tampoco vas a poder.
Era mi cuarta semana en Castellbosc y mi tercera sesión con el equipo. Hay cuatro grupos, y yo estaba en el de abajo del todo, que entrena en las calles uno y dos, y Ada estaba en el de arriba, que entrena en las calles cinco y seis y no habla con nadie antes de las siete. Me fui metiendo poco a poco. No era como una bañera. Era como si algo muy grande y muy frío me estuviera tragando despacio, e hice el ruido que se hace.
—Cuatrocientos de calentamiento —dijo el Vilalta—. Estilo a elegir. Som-hi.
Quiero explicar cómo nadaba yo al principio de aquel trimestre, porque importa para más adelante y porque sospecho que es como nada casi todo el mundo.
Peleaba con el agua. No sé describirlo de otra manera. Nadaba como si el agua fuera un enemigo al que había que vencer, por la fuerza, en cada brazada, y llegaba al final de cada largo jadeando como un perro dentro de un coche y más o menos un cuerpo por detrás de la chica de al lado, que parecía que casi no se esforzaba.
Al terminar la serie principal, el Vilalta mandó al grupo de abajo a hacer pies con tabla y se fue a gritarle a la calle seis. Y Ada, que había acabado su serie y estaba colgada de la corchera entre la cinco y la seis con las gafas subidas a la frente, me miró hacer un largo entero de pies. Luego pasó por debajo de dos corcheras, cosa que está prohibida, y salió a mi lado, en la pared. Detrás de ella, el Vilalta recorría la calle seis con el cronómetro, cantando tiempos.
—Estás peleándote con el agua —dijo.
—Ya lo sé —dije—. Me lo dice todo el mundo. ¿Cómo dejo de hacerlo?
Antes de que pudiera contestar, una chica de mi grupo llegó por detrás con su tabla y tuvimos que pegarnos a la corchera para dejarla pasar. Ada la siguió con la mirada mientras se alejaba, dando patadas con la cabeza fuera y las piernas arrastrándose por debajo, con la cara de una científica mirando un espécimen.
—Así —dijo—. Esa eres tú. Exactamente así.
—Dejas de hacerlo —dijo Ada— entendiendo contra qué peleas. —Se subió más las gafas—. El agua pesa. Es unas 800 veces más densa que el aire: un litro de agua pesa lo mismo que cuatro bañeras llenas de aire. Cada vez que avanzas por ella tienes que apartarla, o sea, ponerla en movimiento, y poner algo en movimiento exige un empujón. Eso es la resistencia.
—¿Y por qué que pese lo hace más difícil?
—Porque lo que estás apartando son moléculas. En un litro de agua hay unas 3 × 10²⁵, y cada una que apartas necesita un empujón para ponerse en movimiento, y lo grande que sea el empujón depende de lo que pese. Así que no es exactamente cuántas hay. Es cuántas hay, multiplicado por lo que pesa cada una, y ese total es lo que significa masa. Y el aire ni siquiera es una sola cosa. Es una mezcla de gases: sobre todo nitrógeno, más o menos una quinta parte de oxígeno, una pizca de argón y un rastro de dióxido de carbono, cada uno con su propio tipo de molécula, volando por ahí con muchísimo más espacio vacío entre ellas que moléculas. Una por una, esas moléculas en realidad pesan un poco más que una molécula de agua. Lo que pasa es que hay más de mil veces menos en cada litro, así que casi no las notas, hasta que sacas la mano por la ventanilla del coche.Un litro de agua son 1.000 g, y una molécula de agua pesa 18 unidades de masa atómica, así que contiene 1.000 ÷ 18 × 6,0 × 10²³ ≈ 3,3 × 10²⁵ moléculas. El aire es una mezcla, no una sola sustancia: alrededor de un 78 % de nitrógeno (moléculas de 28 unidades), un 21 % de oxígeno (32 unidades) y un 1 % de argón (40 unidades), así que sus moléculas tienen de media 0,78 × 28 + 0,21 × 32 + 0,01 × 40 ≈ 29 unidades. Un litro de aire pesa alrededor de 1,2 g, así que contiene 1,2 ÷ 29 × 6,0 × 10²³ ≈ 2,5 × 10²² moléculas: unas 1.300 veces menos.
—Entonces la miel sería peor.
—Mucho peor, pero por otro motivo. La miel es pegajosa: sus moléculas se pegan unas a otras, y eso es otro tipo de resistencia, la del rozamiento. En una piscina de miel no podrías nadar en absoluto. Pero mira qué cosa más rara. En 2004, dos ingenieros químicos de la Universidad de Minnesota, Brian Gettelfinger y Edward Cussler, llenaron una piscina de agua espesada con goma guar, un polvo que se echa en los helados, hasta que estuvo el doble de pegajosa que el agua, y pusieron a nadadores a hacer tiempos dentro. Nadaron exactamente igual de rápido. Para algo tan grande y tan rápido como una persona, lo pegajoso casi no cuenta al lado del peso del agua que tienes que apartar. Les dieron un premio por eso: el Ig Nobel, el de la ciencia que primero hace reír y después pensar.
—Y aquí viene lo que nadie te cuenta —siguió Ada—. La resistencia no crece con la velocidad. Crece con la velocidad al cuadrado.
—¿Esto es física? —dije—. Son las seis de la mañana.
—Todo es física. La natación es física con cronometraje. —Levantó dos dedos, chorreando—. Ve el doble de rápido, y el agua te frena cuatro veces más fuerte: 2² = 4. Y la potencia que necesitas, la energía de cada segundo, crece con la velocidad al cubo, porque empujas cuatro veces más fuerte y además recorres la distancia en la mitad de tiempo: 2³ = 8.La potencia es la energía que se gasta cada segundo, y se mide en vatios. Un vatio es un julio cada segundo, y un julio es más o menos lo que cuesta levantar una manzana (100 g) un metro. Así que un vatio es levantar una manzana un metro, cada segundo. Subir el brazo desde el costado hasta por encima de la cabeza una vez por segundo son unos 10 vatios de trabajo sobre el brazo; tus músculos queman más o menos cuatro veces eso para hacerlo. Subir las escaleras del colegio corriendo: cien vatios o más. Quieta, sin moverte, todo tu cuerpo gasta unos 80. Ocho veces la potencia para ir el doble de rápido.
En la otra punta, el Vilalta se paró y se dio la vuelta. «Abajo», dijo Ada, y las dos nos hundimos y nos quedamos agachadas en el fondo de la parte poco profunda, mirándonos a través de las gafas, yo con los carrillos llenos de aire y burbujas subiendo junto a la oreja de Ada, dos segundos enteros, hasta que volvió a darnos la espalda. Salimos a la vez.
—Entonces, si quisiera ir un diez por ciento más rápido... —dije, después de hacer la cuenta de cabeza, que es algo en lo que soy rápida, y que no es lo mismo que ser buena nadando.
—1,1³.Un diez por ciento más rápido significa la velocidad de antes más una décima parte: 1 + 0,1 = 1,1 veces la velocidad. La potencia va con la velocidad al cubo, así que la potencia se multiplica por 1,1 × 1,1 × 1,1 = 1,331, que es la potencia de antes más 0,331 de ella: alrededor de un tercio más. —Ada ni siquiera se paró a pensar—. Eso es 1,33. Un tercio más de potencia por una décima parte más de velocidad. Por eso no sirve esforzarse más y ya está. Esforzarse más es la manera más cara que existe de ir más rápido. A la uve al cuadrado no se le gana a músculo.
—¿Y cuál es la manera barata?
—Cambiar las otras partes de la cuenta. —Sonreía de oreja a oreja, con la sonrisa que pone cuando le haces exactamente la pregunta que quería que le hicieras—. La resistencia también crece con la cantidad de ti que empuja contra el agua: tu área frontal, la forma tuya que tiene que abrirse paso. Llevas la cabeza fuera. Con la cabeza fuera, las caderas se hunden, y con las caderas hundidas todo el cuerpo queda inclinado, y un cuerpo inclinado aparta más del doble de agua que uno plano. Nadas como una tapa de cubo de basura. Y esto es lo que cuesta. Las mujeres más rápidas del mundo nadan a unos dos metros por segundo. A esa velocidad, planas como una tabla, el agua las frena más o menos con la fuerza de una bolsa de la compra de ocho kilos colgada de una cuerda. Nada como una tapa de cubo, con las piernas inclinadas, y se acerca a los veinte kilos. La misma nadadora, la misma velocidad, dos veces y media más empuje. Nadie se hace dos veces y media más fuerte. Ni en un año. Ni nunca.
—Gracias.
Pasaron otras dos chicas de mi grupo haciendo pies. Las dejamos pasar, y luego a una tercera, Rania, del curso de Ada, que al pasar dijo «Ada, que el Vilalta está mirando» por la comisura de la boca, y las dos volvimos a hundirnos, contamos hasta dos y salimos.
—De nada. Mira. —Se soltó de la pared y se puso a flotar boca abajo, con los brazos estirados por delante de las orejas, una mano encima de la otra, la cara en el agua, completamente quieta. Las piernas se le fueron hundiendo, despacio, hasta que quedó en ángulo, como un tablón con un peso en una punta. Levantó la cara.
—¿Ves? Acuérdate de la playa. Tienes los pulmones llenos de aire, así que la parte de ti que flota, la parte que el agua empuja hacia arriba, es el pecho. Pero la parte pesada está más abajo: hueso y músculo, caderas y piernas. El músculo es más denso que el agua. La grasa flota, un poco. Así que hay un empuje hacia arriba en el pecho y un tirón hacia abajo cerca de las caderas, y dos fuerzas así, que no están alineadas, te hacen girar. Las piernas bajan, como en un balancín. —Volvió a meter la cara en el agua y apretó el pecho hacia abajo, como si se apoyara en él, y las caderas le subieron, y las piernas subieron con ellas, hasta que quedó tendida a ras de la superficie como algo derramado. Volvió a salir—. Aprieta el pecho hacia abajo y las caderas suben. Parece que nades cuesta abajo. No. Estás nadando plana, por primera vez en tu vida.
—Pero ¿por qué empujar el pecho hacia abajo hace que las piernas suban hacia arriba? ¿No me hundiría por delante y ya está?
—Balancín. ¿Por dónde gira un balancín?
—Por el medio. Por donde está apoyado.
—Por donde está apoyado. ¿Y por dónde te sujeta el agua a ti?
—Por los pulmones —dije, después de pensar en la playa.
—Por los pulmones. Ese es el punto de apoyo. Tumbada sin más, todas tus partes pesadas, caderas y piernas, quedan a un lado, y al otro lado no hay casi nada, así que giras: piernas abajo, pecho arriba. Y sigues girando hasta que el extremo pesado cuelga justo debajo del extremo que flota, porque esa es la única posición en la que el empuje y el tirón quedan alineados y ya no queda nada que te haga girar. Quédate quieta el tiempo suficiente y acabas de pie en el agua, meciéndote, con la cara justo fuera. Que es exactamente lo que hiciste todo el verano.
—¿Y en qué ayuda apretar?
—Pone peso al otro lado del punto de apoyo. La cabeza pesa: más o menos una doceava parte de todo tu cuerpo, así que tres o cuatro kilos, y los dos brazos juntos un poco más que eso.Las tablas de biomecánica, hechas pesando las partes de cuerpos, dan para la cabeza y el cuello alrededor de un 8 % de la masa total de una persona, y para cada brazo entero alrededor de un 5 %. Para alguien de 40 kg, eso es una cabeza de unos 0,08 × 40 ≈ 3,2 kg y dos brazos de unos 2 × 0,05 × 40 = 4 kg. Levanta la cabeza para mirar adónde vas, y la única manera de hacerlo es arquear la espalda, lo que echa las caderas hacia abajo: eso es la tapa de cubo. Mete la cabeza entre los brazos, estira los brazos hacia delante y apóyate en el pecho, y ahora todo eso queda por delante del punto de apoyo, tirando de la parte de delante hacia abajo. Empuja una punta de un balancín hacia abajo y la otra sube. Y no es solo cuánto pesa, es a qué distancia: un peso en la punta misma del balancín lo hace girar mucho más que el mismo peso cerca del centro, y por eso ayuda tanto estirar los brazos del todo. —Estiró un brazo hacia delante sobre el agua para enseñármelo—. Así que aprieta hacia abajo, hacia el fondo de la piscina, y alarga hacia delante. Ni hacia arriba ni hacia atrás.
—¿No me hundiría por delante y ya está?
—Eso vuelve a ser la playa. Cuanto más hundes el pecho, más parte de él queda bajo el agua, más agua aparta y más fuerte te devuelve el agua el empuje hacia arriba. Así que el punto de apoyo se queda más o menos donde estaba, y a tu parte de atrás no le queda otro sitio adonde ir que hacia arriba. —Levantó un dedo—. Pero solo si estás rígida. Eres un tablón rígido, más o menos, y esa es la parte que nadie te cuenta: tienes que hacerte tablón. Aprieta la barriga y el culo, como si alguien estuviera a punto de darte un golpe en el estómago. Si te quedas blanda por el medio, apretar el pecho solo te dobla por la cintura: la parte de delante baja, las piernas se quedan exactamente donde estaban, y eres una uve en vez de un tablón. Y estar rígida cuesta. Son músculos trabajando el largo entero, y mañana lo notarás. Lo que pasa es que sale mucho más barato que arrastrar las piernas.
—Vinga, va. Un largo. —Ada miró por encima del hombro. El Vilalta había llegado a la parte poco profunda de la calle seis y se estaba dando la vuelta—. Estaré en la cinco. —Y desapareció por debajo de la corchera antes de que yo pudiera decir nada.
Me impulsé en la pared. Cara abajo, brazos estirados, cabeza entre ellos, pecho apretado, barriga tensa como si alguien estuviera a punto de darme un golpe. Lo probé. Parecía nadar cuesta abajo. También duró unas cuatro patadas: en cuanto levanté la cabeza para respirar, las piernas se me hundieron y tuve que volver a encontrar el apretón desde cero, y a mitad del largo ya notaba los músculos de alrededor de la cintura, que no sabía que tenía. En la calle cinco, todo el camino, un gorro negro nadó braza a mi altura, más despacio de lo que yo había visto nunca nadar a Ada nada, con las gafas giradas hacia mí por debajo del agua.
En la pared del fondo ya estaba ella, colgada de la corchera entre la dos y la tres como si llevara allí toda la vida. El Vilalta estaba en la otra punta, gritándole a otra persona.
—Mejor —dijo Ada—. Ahora: la flecha. En cada pared, brazos apretados detrás de la cabeza, una mano encima de la otra, la cabeza entre los brazos, no por delante. Impúlsate y no hagas nada. Deslízate y ya está. Justo después de impulsarte vas a la mayor velocidad que llevarás en todo el largo, y cada trozo de ti que sobresale la tira a la basura. Una mano fuera de línea, o un codo doblado, es más o menos una sexta parte más de ti de cara al agua. A velocidad de récord del mundo, eso son doce newtons más, un empuje como el peso de un paquete de azúcar, cada segundo que te deslizas, para nada.
—¿Y después?
—Y después, cuando nades de verdad, no hagas girar los brazos como una lavadora. Agarra el agua y empuja un montón hacia atrás, despacio, en vez de un poquito deprisa. —Me vio la cara—. Hay un motivo. Tiene que ver con la cantidad de movimiento y la energía, y te lo explicaré algún día en que no tengas los labios azules. —(Al final lo hizo: en un banco del Territorial, una hora antes de mi primera carrera.)
Los tenía azules. Notaba que los dientes empezaban a írseme, ese castañeteo rápido e incontrolable, como una máquina de coser. Ada, que llevaba en la misma agua exactamente el mismo tiempo que yo, no tiritaba en absoluto.
—¿Cómo es que no tienes frío?
—Sí que tengo frío. Solo que menos que tú. —Me miró como mira un problema—. Eres pequeña. Se te escapa el calor. Eso también te lo explicaré algún día. —(Eso también lo hizo, en el cuaderno 10, con musarañas.)
—¿Por qué no ahora?
—Porque el Vilalta vuelve, y yo estoy en la calle que no toca, y me va a matar. —Se bajó las gafas—. Ah, y una cosa, Estela: ¿todo lo que acabo de contarte? Es todo lo mismo. La física son las reglas de todo. La química es física sobre lo que hacen los electrones de los átomos. La biología es química que se complicó. Tú solo eres un trocito de física muy pequeño y muy frío intentando llegar a la otra punta de una piscina.
—Creía que habías dicho que nada intenta nada —dije. Llevaba todo el verano diciéndolo, a cualquiera que quisiera escucharla y a algunos que no.
—Las cosas con cerebro sí intentan —dijo Ada, parada a medio pasar bajo la corchera y vuelta hacia mí, y por un momento estuvo más contenta de lo que yo la había visto nunca—. Tú tienes cerebro. Así que inténtalo. Pero inténtalo por el camino barato.
Luego se metió por debajo de las corcheras, y el Vilalta rugió «¡GRAU!», que es nuestro apellido, y por cómo lo dijo quedó clarísimo que se refería a ella y no a mí.
Nadé los cuatro últimos largos de aquella sesión apretando el pecho hacia abajo y aguantando la flecha en cada pared hasta casi quedarme sin aire, y no voy a fingir que fue un milagro. Seguía un cuerpo por detrás de la chica de al lado. Pero en el último largo, durante unas dos brazadas, lo noté: el agua dejó de ser una pared y se convirtió en algo que yo atravesaba, en vez de algo contra lo que chocaba.
En el vestuario escribí tres palabras nuevas en la lista del final de mi agenda, con los dedos todavía demasiado fríos para sujetar bien el boli. Resistencia. Flecha. Cloraminas.
Eso fue el jueves. El viernes por la noche, el cielo se incendió.