Primera parte · Agosto, y luego un jueves y un viernes
Capítulo uno
Flotar
El agosto anterior
El verano antes de irme a Castellbosc, no sabía flotar.
Nadar, sabía. Nadaba desde los seis años, largos y más largos, y tenía una insignia con un delfín que lo demostraba. Pero pídeme que me quedara quieta boca arriba sin hacer nada, y me hundía: despacio, los pies primero, como un barco en una película, hasta que el agua se me cerraba sobre la cara y salía escupiendo y tosiendo. Ada podía tumbarse en el mar como una colchoneta. Papá también. Y también, por lo visto, casi toda la gente de la playa de debajo de la casa de la iaia, en Llançà, incluido un niño pequeño con manguitos, que no contaba, y un señor mayor leyendo el periódico, que sí.
Era la última semana de agosto. Ada tenía el cuaderno en la toalla, dentro de una bolsa de congelar, con un boli enganchado a la tapa, y cada poco dejaba de leer lo que estuviera leyendo y apuntaba algo, y cada vez que yo me acercaba ponía la mano abierta sobre la página. Yo ya había dejado de preguntar.
A la hora de comer quedaba un último trozo de coca en la fiambrera, y las dos dijimos «mío» en el mismo instante, lo que en nuestra familia pone en marcha un procedimiento, no una pelea.
—Una corta y la otra escoge —dijo mamá, sin levantar la vista del libro.
Es la regla más vieja de nuestra casa. Una corta; la otra elige primero. Ada cogió el cuchillo de plástico y cortó aquella coca como lo hace todo, con la punta de la lengua entre los dientes, midiendo con el canto del boli, porque sabía que si un trozo salía una miga más grande, la miga sería mía. Cogí el de la izquierda. Eran iguales. Siempre lo son, cuando corta Ada.
—¿Por qué nunca me toca cortar a mí? —dije con la boca llena.
—Porque no quieres cortar. Cortar es el peor trabajo. —Ada se chupó los dedos—. Si cortas perfecto, te llevas exactamente la mitad. Si cortas mal, te llevas menos. La que elige nunca puede llevarse menos de la mitad. Así que tú quieres elegir, y yo también.
—¿Y entonces quién corta?
—Para eso está la moneda —dijo mamá, y levantó los veinte céntimos que viven en el bolsillo de la bolsa de la playa exactamente para esto—. Cara o creu.
Cuando no os ponéis de acuerdo en quién se queda el peor trabajo, se echa a suertes, y nadie ha ganado nunca una discusión contra una moneda, porque una moneda no está de parte de nadie.
Luego mamá, que ha leído sobre casi todo, nos contó que lo de cortar y elegir sale en un poema griego de hace casi tres mil añosLa Teogonía de Hesíodo, puesta por escrito en Grecia hacia el 700 a. C. Prometeo reparte un buey entre los dioses y los hombres, esconde los huesos bajo una capa de grasa reluciente y la carne buena dentro del estómago del buey, y Zeus elige la grasa. Hesíodo dice que Zeus vio la trampa y eligió la grasa igualmente, para tener un motivo para enfadarse, que es la clase de cosas que hacen los dioses en Hesíodo., y que el que cortaba hizo trampa: escondió los huesos bajo una buena capa de grasa y la carne buena dentro del estómago, y el que elegía se llevó la grasa.
—Por eso solo funciona si ves lo que eliges —dijo mamá—. Si escondes algo, ya no es un reparto. Es una mentira.
Ada dijo que para dos personas la regla es perfecta, y que los matemáticos lo han demostrado, y que para tres se complica tanto que una manera justa de repartir para cualquier número de personas no se encontró hasta 1995Para dos personas, cortar y elegir le da a cada una un trozo que ella considera al menos la mitad, así que ninguna puede envidiar el de la otra. El matemático polaco Hugo Steinhaus planteó el problema para tres personas en 1944, escondido de la ocupación alemana; un método que funciona para cualquier número de personas, sin envidia, lo publicaron Steven Brams y Alan Taylor en 1995., y mamá dijo que ya había bastantes matemáticas para una playa, y yo volví al agua.
—Mira —dije desde el agua, más o menos a la novena vez—. Estoy haciendo exactamente lo mismo que tú.
Ada levantó la vista. Luego dejó el cuaderno, cosa que no hacía nunca, y se metió en el agua.
—No es verdad —dijo—. Estás respirando.
—Es que hay que respirar.
—Así no. Mírame el pecho. —Se echó hacia atrás, cogió tanto aire que se le marcaron las costillas, lo aguantó y se quedó allí, encima del mar, completamente quieta, con la ola de fondo subiéndola y volviéndola a bajar. Luego soltó el aire, despacio, todo, hasta que se le hundieron las mejillas, y conforme salía, ella se hundía. No deprisa. Primero el pecho, luego el resto, unos centímetros, luego más, hasta que solo le quedaba la cara fuera, y luego ni eso. Salió resoplando.
—Otra vez —dije.
Lo repitió. Aire dentro: subía. Aire fuera: bajaba. Como un ascensor.
—¿Cómo?
—Tienes dos globos —dijo Ada, frotándose los ojos—. Los pulmones. —Se puso de pie, con el agua por la cintura y las olas dándole golpes—. Vale, a ver. Todo lo que está en el agua recibe de ella un empuje hacia arriba. Y ese empuje es exactamente el peso del agua que has apartado para ocupar el sitio donde estás.
—¿Quién lo dice?
—Arquímedes. Un matemático griego, hace dos mil doscientos años, y tenía razón. —Lo dijo como dice todas esas cosas, como si fuera una ofensa personal. Ada vive permanentemente asombrada de que alguien averiguara algo hace tantísimo tiempo, sin electricidad, sin ordenadores y sin papel de verdad, y lo escribiera, y lo demostrara, y de que todavía puedas recorrer esta playa de punta a punta preguntando sin encontrar a tres personas que lo sepan—. Dos mil doscientos años —insistió—. Hemos tenido dos mil doscientos años para contárselo a todo el mundo, y la mayoría sigue pensando que flotas porque eres ligera. Hay una historia de que salió de la bañera de un salto gritando ¡Eureka! y echó a correr desnudo por la calle, pero eso lo escribió alguien doscientos años después de que muriera, así que seguramente es inventado. Lo del empuje, no. La gente lo ha comprobado de todas las maneras que se te ocurran, y con eso se construyen los barcos. —Apretó la mano abierta contra el agua, hacia abajo, y la dejó volver a subir—. Así que es un pulso. Tu peso tira de ti hacia abajo. El agua que has apartado te empuja hacia arriba. Si pesas más que esa agua, te hundes. Si pesas menos, flotas.
—¿Yo peso más que el agua?
—Más o menos lo mismo, que es lo fastidioso. Eres casi toda agua, más hueso y músculo, que pesan más que el agua, y un poco de grasa, que pesa menos. Casi todo el mundo sale prácticamente igual que el agua, un pelín por encima o por debajo. —Se dio unos golpecitos en las costillas—. Menos por esto. Coge mucho aire y el pecho te crece dos o tres litros. Pongamos tres. Tres litros más de ti debajo del mar son tres litros más de mar apartados, y tres litros de agua de mar pesan unos tres kilos. Así que son unos tres kilos más de empuje.
—Y el aire pesa...
—Casi nada. Un litro de aire es más o menos un gramo.Un litro de aire pesa unos 1,2 gramos, así que tres litros son unos 3,6 gramos. Un litro de agua de mar pesa unos 1,025 kilos, así que tres litros más de ti bajo el agua son unos 3 × 1,025 ≈ 3,1 kilos más de empuje hacia arriba. Tres kilos más de empuje, por menos de cuatro gramos más de peso. —Sonrió de oreja a oreja—. Así que una buena bocanada te hace tres litros más grande y unos cuatro gramos más pesada. La misma tú, más sitio. Eso es lo que decanta el pulso. Coges aire, y ocupas más sitio del que vale tu peso en agua: flotas. Sueltas todo el aire, y vuelves a pesar un poquito más que el agua en la que estás: te hundes. Tú sueltas el aire para relajarte. Llevas todo el rato desinflando tu propia colchoneta.
Lo probé. Mucho aire, aguantarlo, echarme hacia atrás. Y floté, floté de verdad, unos cuatro segundos, con el mar sosteniéndome como una mano bajo la espalda, y entonces se me hundieron las piernas y se llevaron el resto de mí detrás.
—¿Ves? —dije cuando acabé de toser—. Vengo defectuosa.
—No vienes defectuosa. Eres un balancín. —Ada me miró, y vi cómo decidía entre explicármelo o volver a su cuaderno—. Tienes todo el aire en una punta. Y las partes pesadas en la otra. Esa es la siguiente lección.
—Dímelo ahora.
—No. En una piscina se ve mejor. Y quiero verte la cara cuando lo pilles. —Salió del agua chapoteando hacia su toalla y dijo por encima del hombro—: Además, el mar hace trampa. Lleva sal disuelta, y eso hace que cada litro pese más o menos un dos y medio por ciento más que el agua dulce de una piscina, así que te empuja hacia arriba con más fuerza. En el cole no va a ser tan fácil. —Al llegar arriba del todo se dio la vuelta y siguió andando de espaldas—. El mar Muerto tiene tanta sal que un litro pesa un kilo y cuarto. No te hundes ni a propósito: la gente se sienta en él como en un sillón y lee el periódico. Y si te tumbaras sobre una piscina de mercurio, que pesa trece veces y media lo que el agua, casi nada de ti quedaría debajo: más o menos una catorceava parte. Estarías encima como una colchoneta sobre otra colchoneta.Un cuerpo flota con justo la parte de sí mismo bajo la superficie que hace falta para apartar su propio peso en líquido. Pesas más o menos lo mismo que el agua, así que en mercurio, 13,6 veces más pesado, solo necesitarías 1 ÷ 13,6 ≈ 0,07 de tu volumen debajo: más o menos una catorceava parte.
—¿Puedo ir?
—¿Al mar Muerto? Está en Oriente Próximo, a unos tres mil quinientos kilómetros. Pídeselo al pare. —Se sentó junto a su cuaderno—. En el cole te hundirás más deprisa igualmente.
En eso tenía razón. Lo descubrí mi primera mañana en Castellbosc, en la calle uno, a las seis de la mañana. La siguiente lección tardó en llegar hasta mi cuarta semana, y hizo falta que Ada pasara por debajo de dos corcheras por las que no tenía permiso para pasar.