Antes de empezar
Si lo que buscas es un libro en el que un atomito alegre llamado Carbonito sale en busca de un amigo, se coge de la mano de dos átomos de hidrógeno y grita «¡Ya somos una molécula!», siento decirte que este no es ese libro, y te aconsejaría que lo dejases y fueras a buscar el otro. Será más corto, y no habrá en él nada que sea verdad.
Este libro contiene una hermana desaparecida, una mentira dicha en el desayuno, un campo bajo la lluvia, una competición de natación y una piedra más vieja que la Tierra. También contiene algunos números muy grandes. No puedo quitar nada de eso sin que la historia deje de ser verdad, y una historia falsa es peor que ninguna historia, porque de esas ya hay muchísimas y la mayoría, lo cual es alarmante, alguien se las ha creído.
Me llamo Estela. Cuando pasó todo esto yo tenía once años y llevaba cuatro semanas en Castellbosc, que es un internado en una masia enorme y muy vieja de la Plana de Vic, con muchas paredes de piedra y radiadores de menos. Mi hermana Ada tenía catorce, estaba en 3º de ESO y llevaba tres años en Castellbosc, lo que significaba que sabía qué escalones crujían, con qué profesores se podía discutir y cómo ir de la casa Til·lers a la puerta de atrás sin pasar por delante de una sola ventana con la luz encendida.
Esto último no lo supe hasta la mañana en que lo puso en práctica.
Las dos nadamos. Ada nada como algunas personas tocan el piano, como si hubiera nacido sabiendo dónde va cada cosa. Yo también nadaba desde los seis años, y justo empezaba a entender cuántas cosas había en las que se podía ser mala.
También vas a leer el cuaderno de Ada, como lo leí yo, copiado exactamente tal como ella lo escribió, con sus dibujos a lápiz y sus marcas en el margen. Hay tres cosas en este libro que no estaban en el cuaderno, y debes saber cuáles, porque Ada insistiría. Las notas que se abren bajo sus marcas, y que dicen cómo cada cosa fue vista o deducida, son suyas, pero las escribió en el margen con una letra tan pequeña que las he pasado a limpio enteras, y he completado alguna que otra para la que no le quedaba sitio. Los pequeños interrogantes son míos: son los pasos por los que tuve que preguntar. Y las figuras que se mueven, las que puedes arrastrar, deslizar y agitar, nunca habrían cabido en un cuaderno de papel. Esas las hizo Ada años más tarde, cuando le dije que por fin iba a escribir todo esto. Dijo que el dibujo de una bandeja agitada es un mal sustituto de agitar una. En cada una pone Añadido después.
Una cosa más sobre mí, antes de que se ilumine el cielo. Llevo una lista de palabras al final de mi agenda: cada palabra que me encuentro y no conozco, con lo que significa, dicho con mis propias palabras, porque una definición con las palabras de otro todavía no está cazada del todo. Ada dice que es lo más Estela que tengo. Tiene razón, y lo aprovechó, como verás.