Brainzie Books Las cosas raras pasan a menudo Capítulo 3 · Fuego en el cielo

Capítulo tres

Fuego en el cielo

Viernes, 21:54

Lo vi porque no podía dormir.

No podía dormir porque era el cuarto viernes, y mamá y papá llaman los domingos, y el viernes es lo más lejos que se puede estar de un domingo. Todo el mundo dice que la añoranza se pasa después del primer puente, cuando vuelves a casa por primera vez. Todo el mundo lo dice con esa voz que pone la gente para las cosas que quiere que sean verdad.

Así que estaba en la ventana del dormitorio de 1º de ESO, con la cortina pegada a la cara para que no me entrara la luz del pasillo, mirando la nada. Y entonces la nada se encendió.

Vino por la izquierda, muy alto, y no se parecía a una estrella fugaz. Una estrella fugaz es un arañazo. Esto era una línea de fuego blanco, verde en la punta, tan brillante que la sombra del marco de la ventana se movió por el suelo a mi espalda. Duró tanto que me dio tiempo a pensar eso no se para, y entonces pasó algo que no entendí hasta más tarde: se partió. La luz única se convirtió en tres, luego en cinco, y los trozos siguieron avanzando uno al lado de otro, apagándose, y después solo quedaron la oscuridad y el resplandor naranja de Vic detrás de la colina.

Conté. No sé por qué. Creo que pensaba que iba a explotar. Llegué a ciento cuarenta y estaba a punto de dejarlo cuando lo oí: un golpe sordo y suave, como si alguien dejara caer un colchón en una habitación muchos pisos más abajo, y la ventana tembló un poco en el marco.

Me quedé donde estaba, con la cortina en la cara, esperando a que pasara algo más, y durante un buen rato no pasó nada. Luego, quizá un minuto o dos después, hubo un sonido más, mucho más pequeño: un tic seco en algún punto por encima de la ventana, como una piedrecita lanzada contra un cristal, y después un ruido suave de algo rodando sobre mi cabeza, como una canica bajando por un canalón, que se detuvo. Pensé que era una de las grajillas que viven en el tejado. Volví a la cama.

El móvil me vibró debajo de la almohada. No podemos tenerlo después de apagar las luces. Ada me había dado el suyo del año pasado para que pudiéramos escribirnos, que tampoco está permitido. En el mío es «Adi», que nadie más tiene permiso para llamarla, y yo en el suyo soy «Estel».

Adi

LO HAS VISTO???

ESTELLLLL

estel lo has visto

Yo

sí??? ostres q era eso

pensaba q se estaba estrellando un avión 😭

Adi

BOLA DE FUEGO

un bólido!! tan grande q igual llegan trozos al suelo de verdad

y si se ha oído el boom es q ha sido CERCA

Yo

espera eso es malo

nos vamos a morir 💀

Adi

jajajajaj no

es literal lo mejor q me ha pasado en la vida

a dormir petons

No me dormí. Pero ella no volvió a escribir, y al final sí.

Debería decir ahora, antes de que alguien que conozca a mi hermana lea eso y piense que me lo he inventado: sí, así escribe Ada por el móvil. La chica que escribió el cuaderno que estás a punto de leer, con sus potencias de diez y sus reglas, también escribe «jajajajaj». Las dos son ella. Tardé casi todo el trimestre en entender cómo, y cuando lo entendí, fue a parar a mi lista de palabras, y también está en este libro.

Y ya que estoy explicando lo del móvil: no tenía casi nada dentro. No es porque seamos unas santas. Es por las reglas del móvil de mamá, que en nuestra familia se dicen como si fueran con mayúsculas y que Ada y yo sabemos recitar, con la voz de mamá, a toda velocidad. Mamá escribe software, es su trabajo, y se ha pasado la vida entera averiguando cómo funcionan las cosas, desde dentro de un ordenador hacia fuera: papá dice que ha leído sobre casi todo, y que cuando no, va y lo averigua. Dice que lo primero que aprendes en su oficio es que cada pantalla que has mirado en tu vida la diseñó alguien, y que vale la pena preguntarse para qué la diseñó. No molestar, casi siempre: desde luego cuando estás haciendo algo, y sin excepción cuando duermes. Notificaciones apagadas para todo menos para los favoritos, la lista corta de personas que mamá y papá han aprobado, que son también las únicas que pueden pasar el No molestar, porque un móvil por la noche está para que tu familia pueda localizarte en una emergencia. Ninguna aplicación cuyo único sentido sea que sigas haciendo scroll, porque a alguien le pagan para que cueste parar, igual que la máquina de la garra del bar del puerto está hecha para que siempre pienses que la próxima será la buena. Decide para qué lo has cogido antes de desbloquearlo, y suéltalo cuando lo hayas hecho. Y la grande: cualquier cosa que haya ahí dentro puede ser mentira, así que antes de creerte algo, pregúntate quién lo dice, y cómo lo sabría.

Mamá no está en contra de los móviles. Dice que un móvil con internet es la cosa más asombrosa que una persona ha podido llevar encima jamás: todos los mapas, todos los diccionarios, todas las clases que alguien haya grabado alguna vez, casi todo lo que la gente ha llegado a averiguar, y tu hermana, en el bolsillo. El truco, dice, está en usarlo como una biblioteca y no como una máquina de la garra. Una vez nos habló de Gloria Mark, una profesora de la Universidad de California en Irvine, que se pasó años observando a gente en su trabajo y encontró que, una vez interrumpidas, tardaban de media más de veinte minutos en volver a lo que estaban haciendo. Ada, que tenía nueve años, calculó allí mismo que si cada vibración te costaba aunque fueran cinco minutos, veinte vibraciones al día sumaban casi doce horas a la semana.20 vibraciones × 5 minutos = 100 minutos al día. 100 × 7 = 700 minutos a la semana, y 700 ÷ 60 ≈ 11,7 horas: más o menos lo que duran dos días enteros de colegio. Mamá dijo que esa era exactamente la cuestión, y papá dijo que también hacía rato que tenía que estar en la cama.

Así que aquella noche el móvil de debajo de mi almohada estaba en No molestar, como todas las noches, e hizo una cosa, y solo una. Vibró cuando mi hermana escribió, porque mi hermana es una favorita, y Ada había decidido que una bola de fuego contaba como emergencia.